¿Cómo lograr que el cambio dure y qué hacemos cuando volvemos a fallar?

 Por: Ismael Perdomo.

Pediatra y Epidemiólogo

Serie: ¿Cómo se cambia realmente una conducta? — VII

Cambiar una conducta durante algunos días puede ser relativamente fácil. Mantenerla durante meses es otra historia. Por eso, en obesidad infantil, una de las preguntas más importantes no es solamente cómo comenzamos, sino qué hacemos cuando disminuye la motivación, cambian las circunstancias o regresamos temporalmente a una conducta que queríamos abandonar.


Lo primero es diferenciar lapsus de recaída.


Un lapsus es una interrupción puntual: el adolescente había dejado las bebidas azucaradas y toma una durante una celebración; había establecido tres días de actividad física y una semana cumple solamente uno. Una recaída implica un regreso más sostenido al patrón anterior.


Confundir ambas cosas puede producir uno de los pensamientos más peligrosos para el cambio conductual:


“Ya fallé; entonces todo está perdido”.


Ese pensamiento de todo o nada puede hacer más daño que el tropiezo inicial. Una comida, un día sedentario o una semana difícil no destruyen automáticamente el aprendizaje construido durante semanas o meses.


La pregunta útil no es:


“¿Por qué fracasé?”


Sino:


“¿Qué ocurrió y qué debo modificar para responder diferente la próxima vez?”


Quizá apareció una situación que no habíamos previsto. Tal vez cambiaron los horarios escolares, llegaron vacaciones, aumentó el estrés, disminuyó el sueño o desapareció la persona que acompañaba al niño a caminar. El tropiezo deja entonces de ser únicamente un resultado negativo y se convierte en información sobre el sistema que estamos intentando construir.


Mantener una conducta requiere seguimiento.


La American Academy of Pediatrics considera la obesidad una enfermedad crónica que requiere tratamiento longitudinal, seguimiento médico continuo y participación de la familia. Los programas conductuales más eficaces no consisten en una consulta aislada: las intervenciones intensivas incluyen múltiples contactos durante meses y continúan ajustándose a las necesidades del niño y su familia. (Publicaciones AAP)


Esto tiene una consecuencia importante: no debemos esperar que el niño salga de una consulta completamente “arreglado” para siempre.


Los hábitos necesitan refuerzo, los ambientes cambian y también cambia el niño.


Por eso conviene revisar periódicamente:


¿la conducta sigue siendo realista?


¿el horario todavía funciona?


¿aparecieron nuevos disparadores?


¿la familia continúa participando?


¿estamos intentando cambiar demasiadas cosas simultáneamente?


¿necesitamos simplificar nuevamente el objetivo?


También debemos aprender a regresar rápidamente.


Si una conducta saludable se interrumpe, no necesitamos esperar al lunes, al siguiente mes o al comienzo del año. Podemos recuperar la siguiente oportunidad disponible.


Una decisión equivocada no obliga a tomar otra.


Si el niño consumió una bebida que quería evitar, la siguiente bebida puede volver a ser agua. Si no realizó actividad física durante tres días, puede retomarla el cuarto. La recuperación rápida evita que un lapsus se transforme en abandono.


En pediatría, además, debemos vigilar el lenguaje. Expresiones como “volviste a fallar”, “no tienes fuerza de voluntad” o “nunca cumples” pueden generar vergüenza y disminuir la autoeficacia. El tratamiento recomendado debe ser familiar y no estigmatizante, reconociendo que la obesidad tiene determinantes biológicos, sociales, ambientales y conductuales. (Publicaciones AAP)


Y existe otra realidad que no debemos ocultar: algunas personas necesitarán más que modificación conductual.


En adolescentes con obesidad y criterios clínicos apropiados, la farmacoterapia puede formar parte del tratamiento junto con las intervenciones de estilo de vida; en determinados casos también puede considerarse cirugía metabólica y bariátrica. Necesitar estas herramientas no significa que el niño “fracasó”. Significa reconocer la obesidad como una enfermedad crónica que puede requerir diferentes niveles de tratamiento. (Publicaciones AAP)


El éxito, entonces, no consiste en no equivocarnos nunca.


Consiste en construir un sistema suficientemente flexible para detectar el tropiezo, entenderlo, corregirlo y continuar.


Después de siete columnas ya sabemos cómo observar, modificar, repetir y recuperar una conducta. Nos queda una pregunta final:


¿Cómo sabemos que realmente estamos cambiando?

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