¿Qué ocurre en nuestro cuerpo y cerebro cuando sentimos placer?

Por: Ismael Perdomo.

Pediatra y Epidemiologo

Serie: Placer, deseo y libertad: entre el cerebro y el Evangelio — I

Comer algo que nos gusta, escuchar música, recibir un abrazo, tener relaciones sexuales, correr, ganar una competencia o recibir una buena noticia pueden producir placer. También pueden hacerlo la cocaína, el alcohol, la nicotina, las apuestas o una sucesión interminable de videos cortos. Son experiencias muy diferentes, pero todas pueden interactuar con sistemas cerebrales que identifican recompensas, generan motivación y aprenden qué vale la pena repetir.


Conviene comenzar corrigiendo dos ideas populares. La dopamina no es “la sustancia del placer” y el placer no es simplemente una descarga hormonal. No existe una hormona del placer ni un único “centro del placer”. Lo que sentimos emerge de la actividad coordinada de redes neuronales, neurotransmisores, neuromoduladores, hormonas, órganos de los sentidos y señales procedentes del propio cuerpo.


Hay tres conceptos que debemos diferenciar. Placer es la experiencia subjetiva agradable. Recompensa es aquello que nuestro cerebro valora y que puede aumentar la probabilidad de repetir una conducta. Motivación es el conjunto de procesos que nos impulsa a buscar, mantener o evitar determinadas experiencias.


La neurociencia de la recompensa añade una distinción especialmente útil: likingwanting y learningLiking es cuánto nos agrada una experiencia; wanting, cuánto la deseamos o estamos motivados para obtenerla; y learning, lo que aprendemos acerca de las señales que anuncian esa recompensa. Aunque normalmente están relacionados, pueden separarse. Podemos llegar a desear intensamente algo que ya no disfrutamos de la misma manera. (PubMed)


Una de las redes implicadas es el sistema mesolímbico. Neuronas del área tegmental ventral —VTA— proyectan, entre otras regiones, hacia el núcleo accumbens. La dopamina participa en motivación, aprendizaje, selección de conductas y valoración de recompensas. También interviene en señales relacionadas con el llamado error de predicción: la diferencia entre lo que esperábamos recibir y lo que realmente ocurrió. Su función, sin embargo, es más compleja que una simple señal de recompensa. (PubMed)


El núcleo accumbens integra información relacionada con recompensa y motivación. La corteza prefrontal participa en valoración, planificación y control de la conducta; la amígdala asigna importancia emocional a los estímulos; el hipocampo registra el contexto y la memoria de la experiencia; y diferentes regiones del estriado participan en aprendizaje de acciones y formación de hábitos. (PubMed)


Pero la dopamina trabaja dentro de una verdadera red química. Los opioides endógenos, como endorfinas y encefalinas, participan en analgesia y en componentes hedónicos del placer. (PubMed) Los endocannabinoides, entre ellos anandamida y 2-AG, intervienen en recompensa y regulación del estrés, y aumentan después de determinadas formas de ejercicio. (PubMed) La serotonina modula múltiples componentes emocionales, motivacionales y cognitivos. La oxitocina participa en vínculo, interacción y recompensa social, además de interactuar con sistemas dopaminérgicos. (PubMed) La noradrenalina y el cortisol, aunque no sean sustancias del placer, modifican alerta, estrés, memoria y la forma en que valoramos determinadas experiencias.


El cerebro aprende además mediante refuerzo positivo y negativo. En el primero repetimos una conducta porque obtenemos algo agradable: comemos algo apetecible y queremos repetirlo. En el segundo repetimos porque desaparece o disminuye algo desagradable: beber para aliviar ansiedad o consumir una sustancia para evitar la abstinencia. “Negativo” aquí no significa malo; significa que se retira un estímulo aversivo.


Con la repetición aparece el condicionamiento. Un olor, una habitación, determinada hora, una persona, una notificación o incluso una emoción pueden convertirse en señales que anticipan una recompensa. Gracias a la neuroplasticidad, la experiencia modifica progresivamente conexiones y patrones de actividad cerebral.


Nuestro cerebro, por tanto, no se limita a registrar aquello que disfrutamos. Aprende qué lo anuncia, dónde encontrarlo y qué debemos hacer para obtenerlo.


Ese mecanismo es indispensable para sobrevivir. Pero también plantea la pregunta que abordaremos en la siguiente columna:


Si nuestro cerebro está diseñado para aprender de aquello que produce recompensa, ¿cuándo una experiencia agradable deja de ser simplemente algo que disfrutamos y empieza a gobernar nuestra conducta?

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