¿Puede cambiar un niño si su entorno no cambia?

Por: Ismael Perdomo.
Pediatra y Epidemiólogo

Serie: ¿Cómo se cambia realmente una conducta? — III

En la columna anterior aprendimos a distinguir entre hambre fisiológica, craving, alimentación emocional y conductas asociadas con señales del entorno. Esa distinción conduce a una pregunta inevitable: ¿podemos pedirle a un niño que cambie mientras todo aquello que lo rodea continúa favoreciendo la misma conducta?


En obesidad infantil, la respuesta es difícilmente sí.


Un niño no decide por completo qué alimentos se compran, qué bebidas permanecen en la nevera, a qué hora se cena, cuánto tiempo están encendidas las pantallas ni cuáles son las actividades familiares del fin de semana. Tampoco elige todos los modelos de conducta que observa. Gran parte de su ambiente es construido por los adultos.


Por eso la American Academy of Pediatrics considera el tratamiento de la obesidad infantil un proceso centrado en el niño, pero también en la familia. Las preferencias alimentarias familiares, los hábitos de vida, el comportamiento que modelan los padres y el tipo y cantidad de alimentos disponibles en casa influyen sobre las conductas alimentarias del menor. Las intervenciones familiares han mostrado mejores resultados que aquellas dirigidas exclusivamente al niño. (Publications)


Pensemos en un ejemplo sencillo.


Le pedimos a un niño que reduzca las bebidas azucaradas, pero en la nevera siempre hay gaseosas. Le recomendamos comer fruta, pero nadie la compra o permanece escondida mientras los productos ultraprocesados están visibles. Le decimos que disminuya las pantallas mientras cena frente al televisor con sus padres. Le pedimos actividad física, pero toda la familia pasa el fin de semana sentada.


Después concluimos que le falta “fuerza de voluntad”.


El problema no es solamente el niño. El ambiente está compitiendo permanentemente contra la recomendación médica.


Aquí aparece uno de los principios más prácticos de esta serie:


Antes de exigir más dominio propio, debemos disminuir la cantidad de situaciones que obligan al niño a utilizarlo constantemente.


Modificar el entorno significa hacer más fácil la conducta que queremos aumentar y más difícil aquella que queremos disminuir.


Si queremos aumentar el consumo de agua, debe estar disponible y accesible. Si queremos consumir más frutas, deben comprarse, prepararse y hacerse visibles. Si queremos reducir determinados productos, la estrategia más eficaz puede comenzar en el supermercado y no frente a la despensa. Si queremos aumentar actividad física, necesitamos reservar tiempo, identificar lugares seguros y, cuando sea posible, participar como familia.


Esto no significa convertir la casa en un espacio de prohibiciones.


La restricción excesiva, la vigilancia permanente, los comentarios sobre el cuerpo o utilizar alimentos como premio y castigo pueden alterar la relación del niño con la comida. El objetivo no es controlar cada bocado, sino crear un entorno que favorezca progresivamente decisiones saludables y respete las señales de hambre y saciedad.


Los padres tienen además una herramienta particularmente poderosa: el modelamiento.


Un niño aprende no solamente de lo que le decimos, sino de lo que observa repetidamente. Si escucha “haz ejercicio” pero nunca ve actividad física en los adultos; “come verduras” mientras los demás las rechazan; o “deja el teléfono” mientras los padres permanecen conectados durante la cena, recibe mensajes contradictorios.


Los programas conductuales intensivos que han demostrado beneficio suelen incluir al niño y a sus cuidadores, además de utilizar establecimiento de objetivos, autorregistro, resolución de problemas y cambios en alimentación y actividad física. La USPSTF recomienda intervenciones integrales de al menos 26 horas de contacto para niños y adolescentes de seis años o más con obesidad. (US Preventive Services Taskforce)


Esto tampoco significa que todas las familias tengan las mismas posibilidades. Ingresos, horarios laborales, inseguridad alimentaria, acceso a parques, transporte y características del vecindario pueden facilitar o limitar profundamente las opciones disponibles. El tratamiento debe conocer esas circunstancias antes de prescribir soluciones imposibles. (Publications)


Por eso, en obesidad infantil, una pregunta terapéutica más justa no es únicamente:


“¿Qué debe cambiar este niño?”


También debemos preguntar:


“¿Qué necesitamos cambiar los adultos y qué debemos modificar en su entorno para que la conducta saludable sea más fácil de repetir?”


Pero incluso dentro de un ambiente favorable seguirán apareciendo pensamientos como “no puedo resistirme”, “ya dañé todo” o “me lo merezco”.


La siguiente columna abordará precisamente ese nivel:


¿Cómo cambiar un pensamiento que favorece una conducta que queremos modificar?

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