¿Cómo sabemos que realmente estamos cambiando?

 Por: Ismael Perdomo.

Pediatra y Epidemiólogo

Serie: ¿Cómo se cambia realmente una conducta? — VIII

Después de siete columnas aprendimos que cambiar una conducta exige mucho más que conocer una recomendación. Identificamos hambre y craving, revisamos el ambiente, trabajamos pensamientos automáticos, diseñamos acciones repetibles, aprendimos a tolerar deseos sin obedecerlos inmediatamente y entendimos que un tropiezo no significa fracasar. Nos queda una última pregunta: ¿cómo sabemos que todo esto realmente está funcionando?


La respuesta parece obvia: mirando el peso.


Pero en un niño no es suficiente.


La infancia y la adolescencia son períodos de crecimiento. El peso debe interpretarse junto con talla, edad, sexo y trayectoria previa. Por eso utilizamos el índice de masa corporal para la edad y el sexo, representado en curvas de crecimiento. La American Academy of Pediatrics recomienda medir talla y peso, calcular el IMC y evaluar su percentil periódicamente desde los dos años. (Publicaciones AAP)


Pero incluso el IMC es solamente una parte del resultado.


Un niño puede comenzar a cambiar mucho antes de que la balanza muestre una diferencia importante.


Quizás pasó de beber gaseosa todos los días a hacerlo una vez por semana. Ahora desayuna antes de ir al colegio, duerme mejor, cena sin pantalla, camina con su familia cuatro veces por semana o reconoce cuándo quiere comer por aburrimiento y cuándo realmente tiene hambre.


Esos cambios también son tratamiento.


Por eso debemos medir dos tipos de resultados: qué hacemos y qué efecto produce aquello que hacemos.


Podemos comenzar con conductas concretas:


¿Cuántos días tomó agua en lugar de bebidas azucaradas?


¿Cuántas comidas realizó sin pantallas?


¿Cuántos minutos estuvo físicamente activo?


¿Cuántas horas durmió?


¿Cumplió la conducta que había planificado?


¿Puede reconocer un craving y esperar antes de responder?


¿Disminuyeron los episodios de comer por aburrimiento, ansiedad o pérdida de control?


Estas medidas tienen una ventaja: permiten observar progreso mientras el cambio corporal todavía está ocurriendo.


La USPSTF señala precisamente que las intervenciones intensivas eficaces incluyen establecimiento de metas, monitorización de alimentación y actividad física y resolución de problemas, además de involucrar al niño y a sus cuidadores. (USPSTF)


También debemos evaluar salud, no solamente tamaño corporal.


Dependiendo de la edad y la situación clínica pueden ser relevantes presión arterial, perfil lipídico, metabolismo de la glucosa y función hepática. La AAP recomienda evaluar varias de estas comorbilidades, particularmente desde los diez años en niños y adolescentes con obesidad, además de tratar simultáneamente la obesidad y las enfermedades asociadas. (Publicaciones AAP)


Pero todavía falta algo.


Un tratamiento que reduce peso a costa de miedo a comer, vergüenza corporal, aislamiento, restricción extrema o deterioro emocional no puede considerarse un buen resultado.


La propia AAP propone que los objetivos terapéuticos no se limiten a estabilizar o disminuir el IMC. También deben considerar comorbilidades, calidad de vida, autoimagen y bienestar general, utilizando un enfoque familiar y no estigmatizante. (Publicaciones AAP)


Eso cambia nuestra definición de éxito.


Éxito no significa alcanzar rápidamente determinado número en una báscula.


Significa que el niño y su familia están aprendiendo conductas capaces de sostener una mejor salud mientras el crecimiento continúa.


Podemos entonces construir un pequeño tablero de seguimiento:


conducta: ¿qué estamos haciendo diferente?


repetición: ¿con qué frecuencia?


automaticidad: ¿requiere cada vez menos esfuerzo?


salud: ¿cómo evolucionan IMC, presión arterial y parámetros metabólicos cuando corresponde?


bienestar: ¿cómo están sueño, energía, autoestima y calidad de vida?


sostenibilidad: ¿podemos continuar viviendo así?


Esta última pregunta quizá sea la más importante.


Porque una intervención extraordinaria durante tres semanas que resulta imposible mantener probablemente servirá menos que cambios modestos capaces de permanecer durante años.


Con esta columna cerramos nuestra pregunta inicial: ¿cómo se cambia realmente una conducta?


No mediante una orden, una dieta perfecta ni una explosión de motivación.


Se cambia aprendiendo a observar, comprender, modificar, repetir, medir, corregir y continuar.


Y cuando ese proceso comienza a incorporarse a la vida cotidiana, ya no estamos simplemente intentando perder peso.


Estamos aprendiendo una nueva manera de cuidar la salud.

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