¿Toda laguna necesita un desagüe? Cómo encontrar placeres que no terminen gobernándonos

Por: Ismael Perdomo.
Pediatra y Epidemiólogo

Serie: Placer, deseo y libertad: entre el cerebro y el Evangelio — V

Hay una expresión popular que siempre me ha parecido útil para comprender la conducta humana: “toda laguna necesita un desagüe”. Una laguna recibe agua continuamente; si no existe una salida adecuada, llegará un momento en que se desbordará. No es una ley de la neurociencia ni una enseñanza bíblica textual. Es una metáfora. Pero describe bien una realidad: las personas necesitamos formas saludables de procesar tensión, cansancio, deseo, tristeza, ansiedad, aburrimiento y necesidad de placer.


Por eso, frente a una conducta problemática, muchas veces no basta con decir: “deja de hacerlo”.


Hay que preguntar primero: ¿qué estaba haciendo esa conducta por la persona?


Quizá proporcionaba placer. Pero también pudo estar disminuyendo ansiedad, combatiendo soledad, ofreciendo estimulación frente al aburrimiento, proporcionando reconocimiento, satisfaciendo una necesidad sexual, facilitando temporalmente el descanso o anestesiando algún sufrimiento.


Esto explica por qué eliminar una conducta sin comprender su función puede fracasar.


Una persona puede beber alcohol para relajarse al terminar el día. Otra puede comer compulsivamente cuando está triste. Alguien puede permanecer horas frente al teléfono porque cada notificación interrumpe momentáneamente su sensación de soledad. Otra persona puede refugiarse excesivamente en el trabajo porque allí encuentra reconocimiento y control.


El “desagüe” no es simplemente la conducta. Es la función que esa conducta estaba cumpliendo.


En neuropsicología sabemos que las conductas reforzadas tienden a repetirse. Algunas nos proporcionan algo agradable —refuerzo positivo— y otras eliminan temporalmente algo desagradable —refuerzo negativo—. Por eso sustituir una conducta destructiva exige encontrar otras maneras de satisfacer, cuando sea legítima, la necesidad que estaba detrás.


Existen muchos placeres que pueden formar parte de una vida saludable: ejercicio, relaciones humanas, sexualidad ordenada, música, naturaleza, descanso, comida compartida, creatividad, estudio, servicio, conversación, oración, contemplación y comunidad.


La vida cristiana no exige vivir sin placer. Las Escrituras contienen comida, bodas, amistad, música, descanso y celebración. Jesús mismo participó de la vida social de su tiempo. El problema nunca fue simplemente disfrutar.


Pero nuestra metáfora necesita una segunda parte: todo desagüe necesita regulación.


Porque incluso algo bueno puede desordenarse.


El ejercicio protege la salud, pero puede convertirse en compulsión. El trabajo proporciona propósito y sustento, pero puede consumir la familia y el descanso. La comida nutre y reúne, pero también puede convertirse en una forma repetitiva de regular emociones. Las redes sociales pueden comunicar y acercar, pero también ocupar horas que pertenecían al sueño, al trabajo o a las relaciones reales.


Incluso una actividad religiosa puede desordenarse cuando deja de conducir al amor, la verdad y el servicio y se convierte en instrumento de reconocimiento, superioridad o evasión de responsabilidades.


La pregunta, por tanto, no es solamente: ¿esto es bueno o malo?


Debemos preguntar también:


¿Cuánto espacio ocupa en mi vida?


¿Puedo voluntariamente detenerlo?


¿Qué ocurre cuando no puedo hacerlo?


¿Estoy sacrificando salud, familia, responsabilidades, principios o relaciones para mantenerlo?


¿Lo utilizo libremente o comienzo a necesitarlo para sentirme bien?


Aquí volvemos al concepto que ha atravesado toda esta serie: el dominio propio.


Dominio propio no significa prohibirse todo aquello que produce placer. Significa conservar la capacidad de establecer límites. Significa disfrutar de algo sin necesitar cantidades progresivamente mayores; recibir un bien sin convertirlo en condición indispensable para estar en paz; reconocer un deseo sin concederle automáticamente autoridad.


Por eso Pablo formula un criterio extraordinariamente práctico: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen… yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12).


Quizá esta sea la mejor manera de terminar nuestra serie.


El problema nunca fue el placer. Nuestro cerebro está preparado para reconocer recompensas, aprender de ellas y buscarlas nuevamente. Tampoco la respuesta consiste en cerrar todos los desagües y convertir la existencia en una sucesión de prohibiciones.


La sabiduría está en escoger buenos desagües, comprender qué necesidad satisfacen, regularlos y conservar siempre nuestra libertad frente a ellos.


Porque un placer deja de ser simplemente un don cuando ya no somos nosotros quienes decidimos cuándo abrir el desagüe.


El verdadero dominio propio comienza cuando podemos disfrutar sin terminar siendo dominados por aquello que disfrutamos.

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