¿Tengo hambre o mi cerebro aprendió que este es el momento de comer?

Por: Ismael Perdomo.
Pediatra y Epidemiólogo

Serie: ¿Cómo se cambia realmente una conducta? — II

En la primera columna de esta serie dejamos una idea clara: conocer lo que debemos hacer no garantiza que podamos hacerlo de manera sostenida. Para cambiar una conducta necesitamos descubrir qué la inicia. En alimentación, esa pregunta suele resumirse así: ¿estoy comiendo porque tengo hambre o porque mi cerebro aprendió que este es el momento, el lugar o la emoción asociados con comer?


El hambre fisiológica es una señal biológica. Aparece cuando el organismo necesita energía y está regulada por una compleja comunicación entre intestino, tejido adiposo, páncreas, nervio vago, tronco encefálico e hipotálamo. Hormonas y péptidos como ghrelina, GLP-1, PYY, CCK, insulina y leptina participan en este sistema. Durante una comida también aparecen señales de saciación, que ayudan a detener la ingesta; después, la saciedad contribuye a mantenernos sin comer durante un tiempo.


Pero comer no depende únicamente del hambre.


El apetito incorpora deseo, expectativa y valor de recompensa. El craving es una urgencia más específica: podemos desear intensamente un alimento aun estando fisiológicamente saciados. Estudios recientes con niños con obesidad muestran precisamente que ellos mismos distinguen hambre, craving y saciedad como experiencias diferentes; describen el craving como un impulso sensorial y emocional frecuentemente desencadenado por señales del entorno. (PubMed)


Esto explica una experiencia cotidiana. Un niño termina de cenar y afirma estar lleno. Media hora después se sienta frente al televisor, ve una publicidad de comida y pide un snack. No necesariamente apareció una nueva necesidad energética. Pudo activarse una asociación aprendida.


Nuestro cerebro aprende relaciones entre contexto y recompensa:


televisión → snack.


salir del colegio → bebida azucarada.


aburrimiento → abrir la nevera.


estrés → algo dulce.


videojuego → comer sin prestar atención.


Cuando una secuencia se repite suficientemente, determinadas señales pueden provocar anticipación y conducta antes de que aparezca una decisión plenamente consciente. El olor, la hora, el lugar, una emoción o simplemente ver el alimento pueden convertirse en disparadores.


También existe la alimentación emocional. Un adolescente puede comer para disminuir ansiedad, tristeza, enojo o tensión. En ese caso la comida está cumpliendo una función de regulación emocional, no únicamente nutricional. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025 encontró una asociación de magnitud moderada entre alimentación emocional y obesidad en adolescentes, aunque los estudios fueron heterogéneos y no permiten reducir la obesidad a este único mecanismo. (PubMed)


Por eso debemos evitar dos errores.


El primero es interpretar cualquier deseo por comida como hambre. El segundo es culpabilizar al niño cuando responde a señales que su ambiente, su aprendizaje y su propia biología han reforzado durante años.


Antes de modificar la conducta propongo una herramienta sencilla: observarla.


Durante una o dos semanas podemos registrar cinco elementos:


¿Qué ocurrió antes?


¿Qué sentía físicamente?


¿Qué estaba pensando o sintiendo emocionalmente?


¿Qué comió y cuánto?


¿Qué ocurrió después?


No buscamos contar cada caloría ni vigilar al niño de manera obsesiva. Buscamos patrones.


Quizá descubramos que el problema no aparece en el almuerzo, sino todos los días a las cuatro de la tarde. O que no ocurre cuando existe hambre intensa, sino cuando el niño juega videojuegos. Tal vez aparezca después de discusiones familiares, durante el aburrimiento o cada vez que determinados alimentos permanecen visibles y disponibles.


Esa información cambia completamente la intervención.


Si el disparador es hambre real, debemos revisar horarios, composición y suficiencia de las comidas. Si es una señal ambiental, podemos modificar el entorno. Si es aburrimiento, necesitamos una alternativa de actividad. Si es ansiedad o tristeza, la respuesta no puede reducirse a esconder la comida: debemos trabajar también la emoción.


La autorregulación del apetito infantil depende de procesos biológicos “de abajo hacia arriba” y de capacidades cognitivas “de arriba hacia abajo”, que se desarrollan progresivamente y están influidas por padres y ambiente. (PubMed)


Aquí aparece nuestro primer principio práctico:


No podemos cambiar eficazmente una conducta que todavía no hemos aprendido a observar.


Y esto conduce a la siguiente pregunta de la serie: si descubrimos que muchas señales que empujan al niño a comer se encuentran precisamente en su casa, ¿puede cambiar un niño si su entorno no cambia?

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