¿Qué entiende la Biblia por libertad, dominio propio y mente renovada?

Por: Ismael Perdomo.
Pediatra y 

Serie: Placer, deseo y libertad: entre el cerebro y el Evangelio — III

En las columnas anteriores vimos que el cerebro aprende de aquello que produce recompensa y que una experiencia repetida puede convertirse en hábito, compulsión e incluso adicción. Surge entonces una pregunta inevitable: si nuestros deseos pueden condicionarnos, ¿qué significa realmente ser libres?


La respuesta bíblica resulta incómoda para una concepción moderna de libertad entendida simplemente como “hacer lo que quiero”. Para el Evangelio, una persona no es necesariamente libre porque pueda satisfacer sus deseos. Puede ocurrir exactamente lo contrario: que ya no pueda dejar de satisfacerlos.


Pablo lo expresa de manera extraordinariamente directa: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen… yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12).


El problema no es sentir placer ni experimentar deseo. La pregunta es quién gobierna a quién.


Esta idea conecta con lo que la neuropsicología observa en las conductas compulsivas. Una persona puede saber que algo le perjudica, decidir dejarlo y, sin embargo, volver repetidamente a ello. Pablo describe una experiencia humana semejante cuando escribe: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19). No estaba escribiendo un tratado sobre adicciones, pero reconocía el conflicto entre conocimiento, deseo, voluntad y conducta.


La respuesta bíblica no consiste simplemente en reprimir los impulsos. Romanos 12:2 habla de ser transformados “por medio de la renovación de vuestro entendimiento”. Antes de cambiar algunas conductas necesitamos modificar la manera de valorar aquello que deseamos.


La mente renovada puede decir: esto me produce placer, pero ¿me conviene?; lo deseo, pero ¿qué consecuencias tiene?; puedo hacerlo, pero ¿quiero permitir que esto gobierne mi vida?


Existe aquí una interesante convergencia con la neuropsicología. Entre un estímulo y nuestra respuesta pueden intervenir memoria, valoración de consecuencias, control inhibitorio, aprendizaje previo y funciones ejecutivas. La madurez consiste, entre otras cosas, en ampliar ese espacio entre “quiero” y “hago”.


Por eso Gálatas 5:22-23 incluye el dominio propio —enkráteia— entre el fruto del Espíritu. Dominio propio no significa dejar de sentir. Significa poder experimentar hambre, ira, excitación, ansiedad, deseo o placer sin que cada sensación se convierta automáticamente en una orden.


También debemos corregir una expresión frecuente: “doblegar la carne”. En Pablo, sarx —carne— no equivale simplemente al cuerpo físico. El cristianismo no propone una guerra entre un cuerpo malo y un espíritu bueno. El cuerpo tiene dignidad; Pablo incluso lo llama “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19).


Cuando habla de disciplinarse —“golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre” (1 Corintios 9:27)— utiliza la imagen del atleta. No propone odiar ni maltratar el cuerpo, sino entrenarlo para que los impulsos inmediatos no gobiernen necesariamente nuestras decisiones.


Santiago aporta otro elemento. Describe una secuencia en la que el deseo atrae, seduce y finalmente puede convertirse en conducta (Santiago 1:14-15). El deseo inicial no es todavía equivalente a la acción. Existe un espacio de discernimiento y decisión.


Esto permite formular una distinción esencial: sentir no es obedecer.


Podemos experimentar una emoción sin convertirla en conducta. Podemos desear algo sin concederle autoridad. Podemos reconocer una recompensa inmediata y escoger un bien superior.


La libertad bíblica, entonces, no consiste en eliminar deseos ni en satisfacer todos los que aparecen. Consiste en conservar la capacidad de decidir qué deseos aceptamos, cuáles regulamos y cuáles rechazamos.


Ser libre no es poder hacer todo lo que deseo. Es poder experimentar un deseo sin estar obligado a obedecerlo.


Pero esto abre otra pregunta. Si el placer fue creado como parte de nuestra experiencia humana, ¿debemos sospechar de aquello que disfrutamos? ¿Cuándo un placer legítimo deja de ser un don y comienza a ocupar un lugar que no le corresponde?


Esa será la pregunta de nuestra próxima columna: ¿Es malo el placer? ¿Cuándo un deseo legítimo se convierte en pecado o idolatría?

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