¿Por qué saber lo que debemos hacer no significa que podamos hacerlo?
Pediatra y Epidemiólogo
En nuestra serie anterior, Placer, deseo y libertad: entre el cerebro y el Evangelio, analizamos por qué buscamos aquello que nos produce recompensa, cómo una conducta repetida puede convertirse en hábito y por qué dominio propio no significa dejar de sentir deseos, sino conservar la capacidad de decidir qué hacemos con ellos.
Quedó entonces pendiente la pregunta más difícil: ¿cómo se cambia realmente una conducta?
En obesidad infantil llevamos años diciendo qué debe hacerse: mejorar la alimentación, aumentar la actividad física, dormir adecuadamente, reducir el sedentarismo y limitar determinados alimentos y bebidas. El problema es que saber lo correcto no garantiza poder hacerlo de manera sostenida.
Un adolescente puede conocer perfectamente que una bebida azucarada aporta calorías innecesarias y aun así tomarla diariamente. Un niño puede saber que debe apagar el videojuego y salir a caminar, pero permanecer sentado. Un adulto puede conocer las consecuencias de comer repetidamente después de la cena y volver a hacerlo cada noche.
Esto ocurre porque entre conocimiento y conducta existen muchos procesos.
Podemos expresarlo de manera sencilla:
conocimiento ≠ decisión ≠ conducta ≠ hábito.
Nuestro comportamiento no depende únicamente de aquello que racionalmente sabemos. Participan hambre y saciedad, recompensa, emociones, memoria, impulsividad, sueño, estrés, disponibilidad de alimentos, costumbres familiares, publicidad, ambiente y experiencias previamente aprendidas.
También interviene el desarrollo cerebral. Durante la infancia y la adolescencia, las funciones ejecutivas —planificación, inhibición, valoración de consecuencias y regulación de impulsos— continúan madurando. Pretender que un niño responda ante un alimento altamente atractivo con el mismo control que esperamos de un adulto ignora su etapa del desarrollo.
Por eso la obesidad infantil no puede explicarse simplemente como falta de voluntad.
La American Academy of Pediatrics reconoce la obesidad como una enfermedad crónica y compleja determinada por la interacción de factores biológicos, genéticos, ambientales y sociales. Su tratamiento conductual más efectivo es intensivo, multicomponente y centrado en la familia, no una recomendación ocasional de “comer menos y hacer más ejercicio”. (AAP Publications)
La USPSTF también recomienda que niños y adolescentes de seis años o más con obesidad reciban intervenciones conductuales intensivas y señala que los programas con 26 o más horas de contacto ofrecen mayores posibilidades de beneficio. (USPSTF)
Entonces, ¿qué debemos cambiar?
No solamente el alimento que llega al plato.
Necesitamos comprender qué sucede antes de que llegue allí.
Un niño puede comer porque tiene hambre. Pero también porque está aburrido, porque vio comida, porque todos están comiendo, porque se acostumbró a hacerlo mientras juega, porque está ansioso o porque aprendió que determinado alimento produce una recompensa rápida.
Cada repetición puede fortalecer asociaciones entre una señal y una respuesta:
llego de la escuela → abro la nevera.
encienden el televisor → busco algo para comer.
me siento triste → quiero algo dulce.
Con suficiente repetición, algunas respuestas requieren cada vez menos deliberación consciente.
Esto explica por qué simplemente decir “contrólate” suele ser insuficiente.
La ciencia actual utiliza herramientas mucho más específicas: participación de los padres, control de estímulos, establecimiento de metas, planificación anticipada, autorregistro, retroalimentación y diferentes intervenciones cognitivo-conductuales. Una revisión de 2026 que reunió 125 ensayos clínicos y más de 16.000 niños y adolescentes confirmó que varios de estos componentes pueden contribuir al tratamiento de la obesidad pediátrica. (PubMed)
Esta serie abordará precisamente ese territorio.
No intentaremos convencer al niño de que no sienta hambre, placer o deseo. Tampoco pretendemos “programar” mágicamente su cerebro.
Queremos aprender dónde intervenir entre el estímulo y la conducta: modificar el ambiente, reconocer pensamientos y emociones, anticipar situaciones difíciles, construir respuestas alternativas, repetirlas hasta favorecer nuevos hábitos y aprender qué hacer cuando inevitablemente aparezcan tropiezos.
Pero antes de intentar cambiar una conducta debemos descubrir qué la está iniciando.
Por eso la próxima pregunta será:
¿Tengo hambre o mi cerebro aprendió que este es el momento de comer?
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