¿Es malo el placer? ¿Cuándo un deseo legítimo se convierte en pecado o idolatría?

Por: Ismael Perdomo.
Pediatra y Epidemiólogo

Serie: Placer, deseo y libertad: entre el cerebro y el Evangelio — IV

Después de hablar de recompensa, adicción, libertad y dominio propio, aparece una pregunta inevitable: ¿debe un cristiano desconfiar del placer?


La respuesta bíblica es no. Dios y el placer no son enemigos. La Escritura no presenta al ser humano ideal como alguien incapaz de disfrutar, ni considera el cuerpo y sus sentidos como un error que debemos combatir. Comida, sexualidad, descanso, amistad, música, belleza, celebración y satisfacción pueden formar parte de una vida buena.


Eclesiastés afirma que comer, beber y disfrutar del trabajo pueden recibirse como dones de Dios. El Cantar de los Cantares celebra abiertamente el deseo y el amor entre un hombre y una mujer. El salmista declara: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11). Y Pablo escribe: “Todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias” (1 Timoteo 4:4).


Por tanto, sentir placer no constituye pecado.


Esto exige distinguir tres conceptos que frecuentemente confundimos.


El placer es una experiencia: algo nos resulta agradable.


La adicción es una categoría clínica: existe pérdida de control, compulsividad y persistencia de una conducta o consumo pese a sus consecuencias perjudiciales.


El pecado pertenece al ámbito moral y teológico: implica una conducta, actitud u orientación contraria a la voluntad de Dios.


No son sinónimos.


Una persona puede disfrutar de una buena comida sin pecado ni adicción. Puede realizar una conducta pecaminosa sin ser adicta a ella. Y puede padecer una adicción cuya comprensión médica y pastoral exige mucho más que señalarla diciendo simplemente: “eso es pecado”.


¿Dónde aparece entonces el problema?


No necesariamente cuando disfrutamos de un bien, sino cuando ese bien deja de ocupar su lugar y empieza a gobernarnos.


Pablo lo expresa de manera provocadora en Filipenses 3:19 cuando habla de personas cuyo “dios es el vientre”. El problema no es el vientre ni la comida. El problema aparece cuando un apetito adquiere una autoridad que no le corresponde.


Aquí la palabra idolatría adquiere un sentido mucho más amplio que inclinarse ante una estatua. Un bien creado puede convertirse en ídolo cuando comienza a ocupar el centro desde el cual organizamos nuestra identidad, seguridad, decisiones y esperanza.


Puede suceder con el dinero, el sexo, el éxito, el reconocimiento, el trabajo, la comida, una relación, la apariencia física o incluso con actividades inicialmente saludables.


Jesús expresó este principio de otra manera: “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21).


Nuestro “tesoro” es aquello a lo que atribuimos un valor extraordinario. Aquello que buscamos repetidamente, pensamos constantemente y consideramos indispensable termina orientando parte importante de nuestra conducta.


Esto no significa que toda intensidad sea idolatría. Amar profundamente a nuestros hijos, apasionarnos por una profesión o entrenar rigurosamente para un deporte no constituye automáticamente un problema. La pregunta es otra: ¿qué lugar ocupa aquello en nuestra vida y qué estamos dispuestos a sacrificar para conservarlo?


El placer empieza a desordenarse cuando para obtenerlo aceptamos destruir nuestra salud, traicionar nuestros principios, utilizar a otras personas, abandonar responsabilidades o perder progresivamente la capacidad de decir no.


Entonces ya no estamos simplemente disfrutando de algo.


Estamos comenzando a servirlo.


Por eso la perspectiva cristiana no propone eliminar los placeres, sino ordenarlos. Recibir los bienes creados con gratitud, disfrutarlos dentro de sus límites y evitar que aquello que debía servir a la vida termine convirtiéndose en su dueño.


La pregunta que queda abierta es precisamente la más práctica de toda esta serie:


Si una vida sana no consiste en eliminar todos los placeres, ¿cómo aprendemos a ordenarlos sin convertirlos en nuestros amos?

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