¿Cuándo el placer se convierte en hábito, compulsión o adicción?

Por: Ismael Perdomo.
Pediatra y Epidemiólogo

Serie: Placer, deseo y libertad: entre el cerebro y el Evangelio — II

Disfrutar algo y repetirlo no nos convierte en adictos. Tomar café cada mañana, correr diariamente, revisar el teléfono varias veces o disfrutar una comida favorita pueden convertirse en hábitos sin constituir una enfermedad. El problema comienza cuando aquello que elegíamos hacer empieza a adquirir poder sobre nuestra capacidad de decidir.


Podemos imaginar una progresión, aunque no siempre ocurre completa ni en este orden:


placer → repetición → hábito → conducta compulsiva → adicción.


Un hábito es una conducta aprendida que, mediante repetición, puede ejecutarse con menor deliberación consciente. La compulsión aparece cuando sentimos una presión intensa por realizar una conducta, incluso cuando desearíamos evitarla. La adicción, en términos clínicos, implica pérdida de control, búsqueda o consumo persistente y continuación a pesar de consecuencias perjudiciales. No basta, por tanto, con disfrutar mucho de algo para llamarlo adicción.


También debemos diferenciar conceptos que suelen confundirse. Toleranciasignifica necesitar progresivamente una mayor exposición para conseguir determinado efecto. Dependencia física aparece cuando el organismo se adapta a una sustancia y su reducción o suspensión provoca abstinencia. Una persona puede desarrollar dependencia física a ciertos medicamentos correctamente prescritos sin ser adicta. La adicción supone algo diferente: la conducta se vuelve persistentemente difícil de controlar pese al daño. (NIDA)


El craving es el deseo intenso o urgencia por consumir una sustancia o realizar determinada conducta. Puede desencadenarse por lugares, olores, personas, emociones, imágenes o situaciones previamente asociadas con la recompensa. Por eso alguien que lleva meses sin consumir puede experimentar repentinamente un deseo intenso al regresar al lugar donde acostumbraba hacerlo.


Aquí aparece uno de los fenómenos más interesantes de la neuropsicología de la adicción: podemos seguir queriendo algo que ya casi no disfrutamos.


En la primera columna diferenciamos liking —el placer experimentado— de wanting —la motivación por conseguirlo—. La teoría de la sensibilización incentivadora plantea que, en algunas adicciones, los circuitos relacionados con el wanting pueden hacerse especialmente sensibles a la sustancia y a las señales que la anuncian. Así, el deseo puede mantenerse o incluso intensificarse mientras el placer disminuye. (Robinson y Berridge, 2025)


Entonces aparece la aparente contradicción:


“Ya ni siquiera me gusta tanto, pero no puedo dejar de buscarlo.”


El proceso tampoco depende siempre del placer. Muchas conductas comienzan mediante refuerzo positivo: consumo porque me hace sentir bien. Después pueden mantenerse mediante refuerzo negativo: consumo porque así disminuyen ansiedad, tristeza, abstinencia, soledad, estrés o sufrimiento.


El alcohol puede pasar de producir euforia a ser utilizado para aliviar ansiedad. Un opioide puede comenzar proporcionando placer y terminar siendo buscado para evitar la abstinencia. Algunas personas comen no por hambre sino para disminuir malestar emocional. Otras revisan compulsivamente el teléfono para escapar del aburrimiento o buscar aprobación.


Pero no todos los estímulos actúan igual. Cocaína, nicotina, alcohol y opioides producen efectos farmacológicos directos sobre sistemas neuroquímicos y pueden generar profundas adaptaciones cerebrales. Las apuestas utilizan especialmente incertidumbre y recompensas variables. Los videojuegos explotan logro, desafío y recompensa. Redes sociales combinan novedad, interacción y reconocimiento social.


La precisión importa: uso problemático de redes, comida o pornografía no debe llamarse automáticamente “adicción”. La clasificación ICD-11 reconoce específicamente el trastorno por juego de apuestas y el trastorno por videojuegos entre los trastornos debidos a comportamientos adictivos; el comportamiento sexual compulsivo está clasificado en otra categoría. (OMS, ICD-11)


La frontera, entonces, no está simplemente en cuánto placer sentimos, sino en cuánto control conservamos, cuánto espacio ocupa esa conducta y cuánto daño estamos dispuestos a aceptar para mantenerla.


Y esto conduce a una pregunta más profunda:


Si nuestros deseos pueden condicionarnos y hasta disminuir nuestra capacidad de decidir, ¿qué significa realmente ser libre?

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