Obesidad: la medicina avanza más rápido que los sistemas de salud
Por Ismael Perdomo, pediatra y epidemiólogo
Durante décadas, el tratamiento de la obesidad estuvo limitado a recomendaciones generales sobre alimentación y ejercicio, medicamentos de eficacia modesta y cirugía bariátrica para casos seleccionados. La aparición de fármacos que actúan sobre las vías de las incretinas modificó ese panorama. Sin embargo, mientras la ciencia amplía las posibilidades terapéuticas, millones de personas continúan sin acceso siquiera a una evaluación integral.
Un artículo reciente de Medscape, basado en las discusiones del Congreso Internacional de Obesidad 2026 celebrado en Ciudad de México, resume correctamente esa paradoja: se avanza en el tratamiento, pero persisten profundas brechas en prevención, acceso y evaluación de las políticas públicas. (Medscape Español)
Conviene aclarar que el artículo no presenta un estudio original. Es una crónica periodística que recoge declaraciones de funcionarios e investigadores. Sus afirmaciones deben contrastarse, por tanto, con ensayos clínicos, guías y estudios epidemiológicos.
Los medicamentos sí representan un cambio histórico
Los agonistas del receptor GLP-1, como liraglutida y semaglutida, y los medicamentos con acción combinada sobre GIP y GLP-1, como tirzepatida, han conseguido reducciones de peso que antes eran difíciles de alcanzar sin cirugía.
No obstante, agruparlos a todos bajo la expresión “agonistas GLP-1” simplifica excesivamente sus diferencias farmacológicas. Tampoco deben confundirse los resultados obtenidos en adultos con la evidencia disponible en niños y adolescentes.
En el ensayo STEP TEENS, 201 adolescentes con obesidad recibieron semaglutida semanal o placebo, además de intervención sobre el estilo de vida. A las 68 semanas, el índice de masa corporal disminuyó en promedio 16,1 % con semaglutida y aumentó 0,6 % con placebo. El 77,1 % de los participantes tratados consiguió una reducción de al menos 5 % del índice de masa corporal, frente a 19,7 % en el grupo placebo. (Access Data FDA)
Es un resultado clínicamente relevante. La semaglutida está autorizada en Estados Unidos para el tratamiento prolongado de adolescentes de 12 años o más con obesidad, acompañada de alimentación con menor densidad calórica y mayor actividad física. Sin embargo, su indicación pediátrica no incluye la reducción de eventos cardiovasculares mayores, un beneficio demostrado únicamente en determinadas poblaciones adultas. (Access Data FDA)
El entusiasmo tampoco debe ocultar los efectos adversos. En el estudio pediátrico, 42 % de los adolescentes tratados presentó náuseas, 36 % vómito y 22 % diarrea. La colelitiasis ocurrió en aproximadamente 4 %, mientras que no se registraron casos en el grupo placebo. (Access Data FDA)
Estos medicamentos no son productos cosméticos ni recursos para perder algunos kilogramos antes de una celebración. Son tratamientos de una enfermedad crónica y requieren indicación precisa, titulación, vigilancia nutricional, evaluación de comorbilidades y seguimiento clínico.
El tratamiento suele necesitar continuidad
Uno de los vacíos más importantes del artículo de Medscape es que no desarrolla suficientemente lo que ocurre al suspender los medicamentos.
En la extensión del estudio STEP 1, realizada en adultos, los participantes recuperaron durante el año posterior a la suspensión de semaglutida cerca de dos terceras partes del peso que habían perdido. También se deterioraron varios de los beneficios cardiometabólicos obtenidos durante el tratamiento. (PubMed)
No debe extrapolarse automáticamente esa magnitud a los adolescentes, pero el hallazgo confirma la naturaleza crónica y recidivante de la obesidad. Prescribir un medicamento durante unos meses, retirarlo por falta de cobertura y dejar al paciente sin seguimiento puede producir pérdida y recuperación repetidas de peso.
La Organización Mundial de la Salud emitió en diciembre de 2025 su primera guía sobre estas terapias para la obesidad. La recomendación fue condicional y dirigida a adultos, debido a las incertidumbres sobre seguridad y eficacia a largo plazo, mantenimiento del tratamiento, consecuencias de la suspensión, costos, preparación de los sistemas sanitarios y equidad. (Organización Mundial de la Salud)
Por consiguiente, esa guía no debe citarse como una recomendación pediátrica universal.
Prevención y tratamiento no compiten
Existe el riesgo de que el éxito farmacológico desplace la inversión en prevención. Sería un error de salud pública.
Los medicamentos tratan a personas que ya viven con la enfermedad; las políticas públicas reducen exposiciones que afectan simultáneamente a millones de niños. Ninguna inyección puede sustituir el acceso a alimentos saludables, agua potable, actividad física, sueño adecuado, espacios recreativos seguros y escuelas libres de presión comercial.
La Organización Mundial de la Salud sostiene actualmente su Plan de Aceleración para Detener la Obesidad en 34 países, que representan aproximadamente 1.300 millones de personas. La meta planteada es reducir en 5 % la prevalencia de obesidad en todos los grupos de edad para 2030. (Organización Mundial de la Salud)
En enero de 2026, la misma organización publicó una guía para transformar los entornos alimentarios escolares. Recomienda aumentar la disponibilidad y el consumo de alimentos que favorezcan una dieta saludable y reducir la presencia de productos que no lo hagan. (Organización Mundial de la Salud)
Estas medidas son particularmente importantes porque la elección alimentaria infantil no ocurre en condiciones de plena libertad. Está condicionada por la oferta escolar, el precio, la publicidad, el tamaño de las porciones, la disponibilidad familiar y la presencia permanente de productos de alta densidad energética.
Etiquetar no basta: hay que medir resultados
Medscape destaca el etiquetado frontal implementado en países como México, Chile, Argentina y Perú. Es una política razonable porque facilita la identificación de productos con exceso de azúcares, sodio o grasas.
Sin embargo, una política no debe evaluarse solamente por haber sido promulgada. Es necesario estudiar su cumplimiento, comprensión, efecto sobre las compras, reformulación de productos, consumo real y, finalmente, impacto en indicadores metabólicos y prevalencia de obesidad.
Los estudios mexicanos han encontrado modificaciones en las decisiones de compra después del etiquetado frontal, pero estos resultados constituyen indicadores intermedios. Demostrar que una etiqueta reduce la obesidad poblacional requiere seguimiento más prolongado y control adecuado de otras intervenciones simultáneas. (Salud Pública)
De igual manera, los impuestos mexicanos sobre bebidas azucaradas y alimentos no esenciales de alta densidad energética se asociaron con disminuciones en las compras de productos gravados. Esto respalda el uso de políticas fiscales, aunque reducir compras no equivale automáticamente a demostrar una disminución de obesidad o diabetes. (PubMed Central (PMC))
El Tratado de Libre Comercio no explica por sí solo la epidemia
Uno de los expertos citados por Medscape relaciona el aumento de la obesidad en México con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y con el crecimiento del consumo de productos procesados.
La hipótesis es plausible. La liberalización comercial modificó la producción, distribución, disponibilidad y precio de numerosos alimentos. Se han documentado cambios en el consumo aparente durante la implementación del tratado. (PubMed Central (PMC))
Pero desde el punto de vista epidemiológico, la coincidencia temporal no demuestra por sí misma causalidad. Durante el mismo periodo también cambiaron la urbanización, el trabajo, el transporte, la actividad física, la publicidad, el ingreso familiar y los patrones de sueño.
El tratado pudo contribuir a transformar el sistema alimentario, pero presentarlo como explicación única del aumento de la obesidad sería una simplificación ecológica. Las enfermedades complejas rara vez tienen una sola causa.
La verdadera brecha está entre prescribir y acceder
Tener medicamentos eficaces no significa que la población pueda recibirlos. El acceso depende del precio, la cobertura del seguro, la disponibilidad, la continuidad del suministro, la capacidad del sistema para vigilar efectos adversos y la existencia de equipos especializados.
La propia OMS reconoce que los costos actuales limitan el acceso y que la introducción de estas terapias sin políticas de equidad podría beneficiar principalmente a quienes tienen mayor capacidad económica. (Organización Mundial de la Salud)
En adolescentes estadounidenses ya se han identificado desigualdades en la prescripción y dispensación de medicamentos contra la obesidad relacionadas con el seguro, la cobertura farmacéutica y las condiciones socioeconómicas del vecindario. (PubMed)
La inequidad podría producir una situación paradójica: las poblaciones con mayor exposición a inseguridad alimentaria, entornos obesogénicos y enfermedades metabólicas serían precisamente las que tendrían menor acceso al tratamiento.
¿Qué debe hacer el pediatra?
La obesidad infantil debe abordarse tempranamente, sin culpabilizar al niño ni reducir toda la consulta a una cifra en la balanza.
La Academia Americana de Pediatría recomienda una atención integral que incluya evaluación de comorbilidades, entrevista motivacional y tratamiento intensivo, familiar y multicomponente. Los programas más eficaces proporcionan al menos 26 horas de contacto terapéutico durante un periodo de tres a doce meses. (Publications AAP)
Para adolescentes de 12 años o más con obesidad, la farmacoterapia puede ofrecerse como complemento, no como reemplazo, del tratamiento conductual y familiar. En adolescentes desde los 13 años con obesidad grave, debe considerarse la remisión a un centro multidisciplinario para evaluación de cirugía metabólica y bariátrica. (Publications AAP)
La selección del medicamento debe considerar gravedad, comorbilidades, contraindicaciones, desarrollo puberal, salud mental, capacidad familiar para mantener controles y posibilidad real de continuidad. Iniciar un tratamiento sin saber quién lo financiará o cómo se vigilará también constituye una decisión clínica incompleta.
El avance será incompleto mientras no llegue a todos
El artículo de Medscape acierta al señalar que el tratamiento de la obesidad vive una transformación extraordinaria. También acierta al advertir que los medicamentos no resolverán por sí solos una epidemia impulsada por determinantes biológicos, comerciales, sociales y ambientales.
La discusión no debe plantearse como una elección entre prevención o tratamiento. Necesitamos ambos.
Prevenir sin atender a quienes ya están enfermos es abandonar al paciente. Tratar únicamente con medicamentos, mientras permanecen intactos los ambientes que producen enfermedad, es convertir un problema poblacional en una prescripción individual.
La ciencia farmacológica ya dio un salto importante. El desafío pendiente es lograr que los sistemas sanitarios, las escuelas, las políticas alimentarias y la protección social avancen con la misma velocidad.
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